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Desde lo hondo

Vivir es aceptar lo no querido

2 de julio de 2016 0 comentarios

Estos días poco que camines por Madrid es factor de abundante transpiración. Lo poco que caminé fue para no esperar los minutos que faltaba para tomar un autobús urbano y seguir a estaciones posteriores a subirme a él. Subir al autobús acalorado, sudando es enfrentarse a la hostil artificial temperatura del aire acondicionado: la traspiración se convierte en baño en agua fría. El cuerpo protesta. Protesta, pero se acostumbra. Todo cambio tiene algo de ruptura, aunque sea pura evolución o involución, es perder un poco el pie, implica cierto nivel de inseguridad, desajuste existencial. Cuando es ineludible, si se quiere conseguir algo - bajarse del autobús me dejaría lejos del lugar del destino- el esfuerzo que se ha de hacer es aceptarlo. El enfrentamiento, sea verbal –la protesta-, sea de “más que palabras”, no es lo más eficaz. No suele conseguir el objetivo y sí genera tensión arterial y psicológica. Un cambio duro es pasar de sentirse los vencedores en por ejemplo una consulta popular, a verse simplemente frustrado, porque ese sim-pático pueblo –digo simpático porque se creía que sin-tonizaba con personas y propuesta, o, como ahora se reitera, había muy buena química con ambas. Es necesario saber convivir con el ambiente frío del aire vigente. También tiene ventajas.


El pueblo y su ambigüedad

25 de junio de 2016 0 comentarios

De lo que hoy se habla en ámbitos políticos es del “populismo”. El pueblo –demos- es el origen de la democracia. También de la demagogia. Platón advertía que la continuación de la demagogia en los procesos históricos cíclicos era la tiranía. Platón no era especialmente democrático, prefería la aristocracia, el gobierno de los mejores –aristoi-. En esto estaríamos de acuerdo muchos, pero quién señala a los “mejores”. Se lo hemos dejado al pueblo, de ahí la democracia. Si bien es cierto que los elegidos, en principio no son más que los más votados, no necesariamente “los mejores”. La opinión del pueblo sobre las personas no tiene certeza, es eso: opinión. En parte porque los mejores no necesariamente se presentan como candidatos. Esta limitación es una de tantas como el ser humano y la sociedad que conforma tiene. Hay que aceptarla. La opinión del pueblo sirve para que haya paz social. El pueblo ha estado bastante olvidado a lo largo de la historia. Incluso el pueblo de la democracia griega excluía a los no griegos residentes, a los esclavos, a los… La Ilustración quiso salvar al pueblo, -¡cuántos salvadores del pueblo han aparecido en la historia!-, pero fueron claros: “sin el pueblo”. De populismo nada. El pueblo entendido como clase proletaria sería el actor de la revolución comunista. Era un principio científico, y no estaba expuesto a la libertad individual; el ser humano ¿libre? solo era un elemento del pueblo. Foucault diría que el individuo era sólo un hilo del tejido social, sin identidad, por tanto. Siempre es necesario volver al “pueblo”. Es como un lugar teológico. ¡Hasta la Iglesia es el “pueblo de Dios”, tras el Vaticano II, volviendo a expresiones bíblicas, que sin embargo reducían el “pueblo de Dios” al pueblo judío. Lo complicado de este “lugar teológico”, que siempre hay que salvar, es la aplicación concreta: ¿cómo contar con el pueblo para salvar al pueblo? ¿Quiénes lo representan mejor? Y lo más angustioso: ¿el pueblo sabe lo que necesita o tiene que fiarse de quienes interpretan sus deseos?


Más sobre la comunicación

19 de junio de 2016 0 comentarios

Un término consagrado es la interactividad. La comunicación tiene que ser interactiva. Y se pone como ejemplo el juego. Lo que no deja de ser ejemplificador del nivel de la interactividad: lúdico. La respuesta ha de ser inmediata, como la reacción. No hay lugar para pensar, para reflexionar sobre lo que se dice. Y el silencio no es nunca respuesta. Y por lo tanto tampoco la reflexión. Es necesario tener respuesta a todo lo que se propone o pregunta. Además inmediata. Si no el “juego” interactivo se cae. No cabe decir “eso tengo que pensarlo” o, lo que es tan respetuoso, “lo que dices merece la pena considerarlo detenidamente”. Tao Te King dice: “los inteligentes no discuten. Los que discuten no son inteligentes”. Tiene el limitado alcance de las expresiones cortas y terminantes. Y es necesario distinguir entre la discusión y el diálogo. Ambos implican escuchar y entender lo escuchado para continuar el diálogo o la discusión. Y ello exige tiempo y esfuerzo reflexivo. Los tertulianos no pueden permitirse la pausa reflexiva. Hemos detenerlo en cuenta para valorar la tertulia. Pero si la interacción es un juego, o es un juego de ajedrez, con tiempo, aunque limitado, para pensar, o tiene la levedad del juego; no la elevemos de categoría ni la carguemos densidad. Un término consagrado es la interactividad. La comunicación tiene que ser interactiva. Y se pone como ejemplo el juego. Lo que no deja de ser ejemplificador del nivel de la interactividad: lúdico. La respuesta ha de ser inmediata, como la reacción. No hay lugar para pensar, para reflexionar sobre lo que se dice. Y el silencio no es nunca respuesta. Y por lo tanto tampoco la reflexión. Es necesario tener respuesta a todo lo que se propone o pregunta. Además inmediata. Si no el “juego” interactivo se cae. No cabe decir “eso tengo que pensarlo” o, lo que es tan respetuoso, “lo que dices merece la pena considerarlo detenidamente”. Tao Te King dice: “los inteligentes no discuten. Los que discuten no son inteligentes”. Tiene el limitado alcance de las expresiones cortas y terminantes. Y es necesario distinguir entre la discusión y el diálogo. Ambos implican escuchar y entender lo escuchado para continuar el diálogo o la discusión. Y ello exige tiempo y esfuerzo reflexivo. Los tertulianos no pueden permitirse la pausa reflexiva. Hemos detenerlo en cuenta para valorar la tertulia. Pero si la interacción es un juego, o es un juego de ajedrez, con tiempo, aunque limitado, para pensar, o tiene la levedad del juego; no la elevemos de categoría ni la carguemos densidad.


Intercomunicación ¿de qué'

4 de junio de 2016 0 comentarios

“Estamos siempre conectados, interactivos, sin silencios, sin reflexión, sin fermentación que consiga el vino. Ser es comunicarse, si no te comunicas no eres, y si no eres nada es porque no te comunicas”. Mounier decía que somos personas en cuanto somos relación y a partir de ella formamos comunión. Sin relación somos sólo individuo de la raza humana. ¿Será lo mismo lo que dijo Mounier que lo que se expresa en la afirmación previa? La comunicación del comienzo de este texto es comunicación de la apariencia, de la anécdota, de lo más superficial: la relación que hace persona es de lo íntimo, de lo que nos constituye en el ser. Ese ser que sólo se cultiva y desarrolla en el silencio previo. Es relación de persona a persona de sentimientos a sentimientos. La interconexión de nuestro mundo es de lo perceptible a los sentidos, sin necesidad de hondura, epidérmico: en definitiva de la imagen. Y la imagen tiene la última palabra. Si el político en unas elecciones no ha conseguido el éxito esperado, lo atribuye a que no han sabido comunicar bien. No da espacio a pensar si su proyecto político adolecía de algún fallo. La comunicación acaba siendo una realidad autónoma. Lo que se comunica no importa, sino cómo se comunica. La mujer del cesar ha de parecer buena, que lo sea o no es irrelevante. Dentro del ámbito de la gnoseología aristotélica, tan dependiente de los sentidos, pues “nada que llega al entendimiento sin pasar por los sentidos”, el proceso termina en el producto sensible, la imagen. El esfuerzo intelectual de reflexión, discernimiento, etc. en busca de la verdad más allá de la impresión sensible, verdad que rebase lo individual, lo concreto, la anécdota, no tiene aceptación fácil, ni se cree comúnmente necesario. Los clásicos definían al torpe intelectualmente como quien no era capaz de ideas universales, no iba más allá de lo singular. Pero la torpeza mayor es dar carácter universal a la primera impresión, clausurando el proceso de mayor información y de reflexión sobre lo percibido. Dicho todo esto, podía ahorrarlo, pues ello necesita tiempo y silencio, y lo que abunda es la prisa, la primicia, y la locuacidad en la densa intercomunicación existente.


NUESTRO TIEMPO

18 de mayo de 2016 0 comentarios

Hoy dejo este espacio para que lo ocupe san Agustín. Escribía así de como vivir su tiempo, alla por los albores del s.V.Creo que vale para "nuestro tiempo"

No hay que murmurar, pues, hermanos como murmuraron algunos -son palabras del Apóstol- y perecieron mordidos por las serpientes. Los mismos sufrimientos que soportamos nosotros tuvieron que soportarlos también nuestros padres; en esto no hay diferencia. Y, con todo, la gente murmura de su tiempo, como si hubieran sido mejores los tiempos de nuestros padres. Y si pudieran retornar al tiempo de sus padres, murmurarían igualmente. El tiempo pasado lo juzgamos mejor, sencillamente porque no es el nuestro. Si ya has sido liberado de la maldición, si ya has creído en el Hijo de Dios, si ya has sido instruido en las sagradas Escrituras, me sorprende que tengas por bueno el tiempo en que vivió Adán. Y tus padres cargaron también con el castigo merecido por Adán. Sabemos que a Adán se le dijo: Con sudor de tu frente comerás el pan y trabajarás la tierra de la que fuiste sacado; brotará para ti cardos y espinas. Esto es lo que mereció, esto recibió, esto consiguió por el justo juicio de Dios. ¿Por qué piensas, pues, que los tiempos pasados fueron mejores que los tuyos? Desde el primer Adán hasta el de hoy, fatiga y sudor, cardos y espinas. ¿Acaso ha caído sobre nosotros el diluvio? ¿O aquellos tiempos difíciles de hambre y de guerras, de los cuales se escribió precisamente para que no murmuremos del tiempo presente contra Dios? ¡Cuáles fueron aquellos tiempos! ¿No es verdad que todos, al leer sobre ellos, nos horrorizamos? Por esto, más que murmurar de nuestro tiempo, lo que debemos hacer es congratularnos de él.



Carpe diem

2 de mayo de 2016 0 comentarios

Con motivo de la visita a un convento de dominicas para celebrar santa Catalina de Siena he podido ver que en su recogido, armonioso y bello claustro se había colocado una reducida tabla envejecida con el lema “carpe diem”. Me sorprendió que apareciera en ese lugar la expresión de Horacio, tan reiterada cuando se quiere exponer el pensamiento postmoderno. El texto invita a vivir el día, disfrutar de él sin complicarse yendo más allá del disfrute de lo inmediato. Es una exaltación de la inmediatez. En concreto de la satisfacción inmediata. Humberto Eco escribe a su nieto, nos lo recordaba Olegario de Cardedal, y le advertía de la pertenencia a una generación atenazada por la inmediatez, sumida en el instante… Sin horizontes, y sin historia. Esto no cuadra con un convento centenario habitado por personas que saben recoger la historia, filtrarla y avanzar movida en parte por ella hacia un horizonte de realización personal en la aproximación a Jesús de Nazaret. Es verdad que caminar hacia el horizonte exige el caminar día a día para que no sea un proyecto vacio. Pero también es cierto que vivir el día sin proyecto alguno es vivir en la oscuridad de lo inmediato sin sentido o corto de él. Es vivir dando bandazos, acumulando experiencias efímeras, sin recorrido. Cierto es que cuando el horizonte vital es oscuro, por ejemplo el que está anunciado por una enfermedad con mal pronóstico, se aconseja vivir el día para no deprimirse ante lo que se sabe va a pasar. El consejo se ofrece para una situación de excepción, que a su vez merece que se interprete y se le dé un sentido para vivirla. Pero si el futuro no está marcado simplemente por lo más negativo de la vida, ni por la muerte, sino que se confía en avanzar en ser lo que uno debe ser, en la salvación, por utilizar términos teológicos, no podemos ni debemos apartarlo del vivir. La expresión de Horacio es: “Carpe diem, quam minimum credula postero”, o sea, hazte con el día –es lo único tuyo- desde la desconfianza del futuro; no será fácil ni inteligente vivir sin contar con el futuro, y desprenderse de la historia. Tampoco aconsejable. Sería reducir a mínimos la comprensión de lo que somos.


Nuestro mundo

25 de abril de 2016 0 comentarios

El conocido autor italiano Magris denuncia que “considera insoportable el pesimismo complacido de algunos intelectuales que se complacen con el mal”. Sorprende y se agradece tal denuncia. Parece que al buen pensar, sobre todo de quien se considera intelectual, corresponde denunciar la ignorancia, la maldad en forma de injusticia, violencia, la corrupción, y demás vicios de nuestra sociedad, Se dice que basta con asomarse a un telediario para tomar conciencia de ello. Y cierto es que el telediario se convierte con frecuencia en un elenco del mal de nuestra sociedad. Es largo el relato de sucesos con carácter violento. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que no es recomendable alimentarse sólo de las noticias televisivas, o de otros medios, para formar opinión. Las realidades positivas en las que la virtud puede sobre el vicio apenas se hacen ver u oír: no son televisivas, o simplemente no son noticia. Eso manifestaría una dimensión positiva de nuestra sociedad: la noticia, y por lo tanto lo que llama y atrae la atención que es lo que se sale de lo normal es lo negativo; lo normal, es decir lo más frecuente, es lo positivo. Pertenece al pensamiento débil y fragmentado, que se extiende también entre intelectuales, pues sorprendentemente ha adquirido un carácter académico, esa globalización de la percepción negativa de nuestro mundo. También influye que en la medida que se saca a la luz los vicios de la sociedad uno se complace, por utilizar el término de Magris, en sentirse libre de ellos, son vicios que pertenecen a otros; suele el “intelectual” sentirse un tanto por encima de la “gente”. Es el “regocijo” del despotismo ilustrado de toda época. Una cosa es pisar tierra y avanzar con los ojos abiertos a lo que sucede en nuestro alrededor y otra tener ojos selectivos sólo para el mal sin dejarse iluminar por el bien. Que nunca será universal, pero sí mayoritario.


Primavera

18 de abril de 2016 0 comentarios

Tiempo primaveral es sinónimo de tiempo agradable. No necesariamente el tiempo que se tiene en primavera. Nunca llueve a gusto de todos, el tiempo no agrada a todos, son distintos los intereses y los gustos. Lo que vale especialmente para el tiempo en primavera por ser tan variable. En primavera surge la vida joven y verde en los árboles que habían perdido esa muestra de vida que es el verdor de su hojas. Eso se produce en medio días fríos, de lluvia, que se entreveran con días de luz y sol. ¡La vida! Es el tiempo que refleja mejor el vivir. Vivir es pasar por situaciones variables, agradables y desagradables, luminosas y opacas, de sol esplendoroso y de lluvia persistente. Pero las expresiones “momentos vitales”, como “tiempo primaveral” tiene sentido positivo. Es un desafío encontrar lo bueno, noble, agradable de la vida prevaleciendo sobre lo que no lo es tanto. La Resurrección se celebra en primavera. También la Pasión y muerte previas. Sabemos qué es lo que prevalece de modo definitivo


Pasión, muerte y resurrección en nuestro mundo

26 de marzo de 2016 0 comentarios

Las celebraciones de la pasión y muerte de Cristo nos llevan a reflexionar sobre la pasión y muerte de tanto hombre y mujer de nuestro tiempo. Como decían unos bellos versos que me llegaron a través de medios digitales, Cristo no está en la bella y expresiva imaginería que recorre nuestras calles en estos días, ni el la cruz que “adoramos” en la celebración del Viernes Santo, sino en los hombres y mujeres en cuyas caras podemos ver lo que tan bien se ve representado en esos cristos o en las “dolorosas”. Es necesario pasar de la imagen a la realidad, algo costoso en un mundo de la imagen como el nuestro. Los predicadores desde ámbitos distintos han hecho ver las diversas miserias humanas de carácter social que existen que llevan a denunciar la miseria ética de quienes las promueven o no tratan de solucionarlas. Han sido “predicaciones”, “viacrucis” de denuncia del mal de nuestro mundo en su dimensión universal. Con el peligro de que al apuntar alto y lejos en los males, perdamos de vista el mal propio, el de los que escuchan en la iglesia o en la plaza pública donde tiene lugar la celebración… (Por otra parte el predicador no debe olvidar: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Aunque si esto nos obligase a callar, aceptar que se nos pueda decir: “haced lo que ellos dicen, pero no lo que ello hacen”). El Papa al final del viacrucis del entorno del Coliseo en su bella oración indica donde podemos ver la cruz de Cristo: la vemos en tanta miseria social, moral de nuestro mundo; pero también en tantas manifestaciones de humanidad que en él existen. Si la pasión de Cristo no tiene la última palabra, si en su muerte ganó para él y para nosotros la resurrección, el triunfo del bien, del ser humano, la posibilidad de caminar hacia la plenitud de vida humana, ello ha de estar presente también en nuestro mundo: no todo será inhumanidad ni perversidad… De lo contrario no tendrá sentido celebrar la resurrección: todo habría terminado en la muerte en la cruz. Las tinieblas que cubrieron el Gólgota serían las que cubren el mundo de hoy, sin que aparezca en ese mundo luz alguna de resurrección. No es este el mensaje de la Cruz, ni tiene que ver con la fe en la Resurrección. Y esa fe es la que da sentido a la fe en su totalidad. ¿No habrá que dedicar más tiempo y palabra a hacer ver los signos que existen de la Resurrección de Cristo en nuestro mundo de hoy? ¿Hemos de ser sólo profetas, denunciadores de calamidades? ¿Ver a Cristo sólo en la víctima y no en quien acude, desde una fuerza interior que le permite entender su vida como servicio, a socorrerla? Eso sería quedarse en la pasión y muerte y olvidar la resurrección. Por lo que sea la predicación denuncia del mal, de signos de muerte tiene más acogida –sobre todo cuando el mal es de otros- que la que ayuda a descubrir los signos de vida, el bien que existe en nuestro mundo. Nos cuesta creer que en Cristo hemos resucitado todos, como nos dice san Pablo.


La mayoría

29 de febrero de 2016 0 comentarios


“No seguirás en el mal a la mayoría: no declararás en un proceso siguiendo a la mayoría y violando la justicia” (Éxodo). En política la democracia exige que la mayoría tenga la palabra definitiva. Esto puede ser aceptado con tal que la palabra no se refiere a lo que es verdadero o falso, bueno o malo, sino a lo que la mayoría entiende como tal. En época de relativismo y de pereza para buscar la verdad la mayoría facilita las cosas. Lo que la mayoría entiende como políticamente correcto es también lo verdadero. Las estadísticas o las urnas tienen la última palabra. Y a veces la única. ¿Para qué seguir indagando lo verdadero o lo bueno? La indagación ya es inútil. Confundir los planos de lo viable socialmente en medio de opiniones y opciones muy diversas y el de la verdad o bondad es una tentación con muchas probabilidades de que se caiga en ella. La mayoría, sin embargo, no suele estar constituida por quienes se toman en serio la búsqueda de lo verdadero y lo bueno, sino por quienes acogen informaciones, escuchan promesas, aceptan valoraciones de corto recorrido previo y que se refieren a cortos plazos de la vida social. La fuerza del número de pensantes es mayor que la calidad del pensamiento. Con el apoyo de la mayoría se pueden tomar decisiones, juzgar conductas, proponer modos de vida sin miedo al error, con certeza y seguridad. Se conseguirá el aplauso de la mayoría. Que es lo que se pretende; pues en el apoyo de ella reside el valor de lo que se decida o afirme y el prestigio, el poder, la aceptación social. La denuncia del Éxodo es antigua, tan antigua como en la historia humana las desviaciones, en la búsqueda seria de la verdad y la justicia, hacia lo fácil y el aplauso.
 



Sobre el blog
El mercado, la prisa, el fluir…domina nuestras vidas. También la creación cultural y la verdad se encuentran afectados por la sucesión rápida, lo impactante…

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Sobre el autor
Juan José de León

Entre otras cosas es Director de la Escuela de Teología San Esteban (Salamanca). Acompaña espiritualmente comunidades religiosas a través de charlas y retiros...

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