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Desde lo hondo

La corrupción del pecado y el pecado de corrupción

22 de enero de 2013 0 comentarios

El pecado determina corrupción de bienes de la naturaleza, dice Santo Tomás. En concreto de la natural tendencia del ser humano hacia la virtud. La corrupción en su dimensión más orgánica es atentado literal contra la vida. El ser vivo muere cuando se inicia el proceso de corrupción, o bien, éste es el signo manifiesto de la muerte. La corrupción surge cuando los elementos que compone el ser vivo se hacen autónomos, van perdiendo su integración en un organismo superior. El pecado aparece cuando el ser humano se quiere hacer autónomo, como dicen los tratadistas espirituales, se busca a sí mismo dando la espalda a Dios y a los demás; y, según santo Tomás, a esa inclinación natural del ser humano a la virtud. La virtud estructura al ser humano y a la sociedad. El pecado desestructura. De ahí que sea una corrupción. Cuando se habla del pecado de corrupción, que no se incluye en ningún vicio capital, se está hablando de un atentado contra el justo orden que estructura la sociedad, en función de no ir más allá de los interese individuales. Es la utilización egoísta de bienes, cargos…. sociales, en beneficio exclusivo propio. Por eso es factor de la desestructuración social. Cuando la corrupción se generaliza, la sociedad muere, se desintegra. O dicho de otra manera, al modo que antes indiqué, cuando falta la responsabilidad social y queda solo el egoísmo individual, la sociedad se descompone como un organismo muerto, se corrompe. Si es verdad que todos tenemos una inclinación natural a la virtud, también lo es que la tenemos a no ver más allá de nuestros exclusivos intereses. Es nuestro pecado original. Nuestra condición humana implica lucha entre la vida y la muerte: entre el sentido de la dimensión social y la tentación de no atender más que a lo individual, a la autonomía del ser al margen del otro y del Otro. Entiéndase esto tanto de la vida de cada uno como del pervivir de la comunidad o sociedad que constituimos.
 



Imágenes e ideas EN EL CINE

12 de enero de 2013 0 comentarios

Me gustó el cine más que me gusta. La verdad es que sólo de muy vez en cuando decido entrar en un cine. Y cuando decido hacerlo, casi todas las películas me parecen demasiado largas. Disfruto más con la lectura. Cuando leo una buena novela, al enterarme de que la han transformado en película, no me llama ir a verla. Por experiencia: me han decepcionado las versiones cinematográficas de buenas novelas. Por el contrario, cuando veo una película que me ha resultado interesante y se dice que se basa en una novela, trato de hacerme con el texto escrito. En estos momentos de mi vida me resulta interesante lo que me plantea cuestiones hondas y vitales. Sé que un film es imagen en movimiento, plasticidad, ritmo, música, agrado a los sentidos…, y si no buscamos eso, no merece la pena ir al cine. Busco películas que plantean temas de relieve, que apuntan ideas que van más allá de las imágenes, en las que la sucesión de éstas se desarrolla sin perder de vista un mensaje final, una idea. Pero las imágenes, los diálogos, a su ritmo, superan con frecuencia mi capacidad de integración y asimilación, para poder de formarme esa idea que integre y justifique lo que se sucede ante mis ojos y oídos. La lectura sí te permite con facilidad volver sobre lo leído, para ir construyendo la idea.
En los albores de la filosofía, al menos la occidental, se abordó la dialéctica relación entre imágenes e ideas. Para Platón la idea era la realidad original, la imagen sólo servía para despertarla. Para Aristóteles el conocimiento empezaba por la imagen, pero su objetivo era llegar a la idea. En eso el ser humano superaba al animal, que no podía transcender la imagen. Sé que esto puede sonar a especulación abstracta de filósofo de academia, que poco tiene que ver con la realidad social de hoy. Nuestra sociedad es la de la imagen…que “vale más que mil palabras”; aunque la palabra sea expresión de una idea, y no sólo flatus vocis.
Vi La vida de Pi en el cine. Me interesó en su principio: se plantea cuestión de tanto relieve como lo transcendente, lo religioso, Dios. Sin embargo la publicidad que se hace de ella, es de una película de aventuras. En efecto la aventura consume muchos minutos de la proyección. Muy bien, creo, expresada cinematográficamente. Pero no era eso lo que yo esperaba. Sólo muy de vez en cuando se volvía a la cuestión inicial, a Dios. Al final toma un sesgo distinto: en un diálogo, - palabra- sin más imágenes que las de los interlocutores , se replantea de manera honda e inteligente, la idea matriz del film. Éste se presenta como fábula para presentar dos modos contrarios de vivir ante Dios y ante los demás, cuando la vida nos pone a prueba. Se sale del cine pensando, buscando la idea… y en casi olvido de las imágenes. Habrá que leer la novela.
 



Entre el “privilegio” y lo “ordinario”. Consideración ligera

7 de enero de 2013 0 comentarios

No podemos hacer el elogio de la rutina. Sería hacer el elogio de lo “ordinario”. Lo “ordinario”, no sé por qué entre otras muchas acepciones tiene una peyorativa. “bajo, basto, vulgar y de poca estimación”, dice el Diccionario de la Lengua. Sin embargo, cuando se suceden días de excepción, de romper la rutina normal: en horarios, comidas, gastos, relaciones, protocolos…, etc, se produce el deseo de la vuelta a lo “ordinario”. No en todos ni en todas las edades. Somos los más cargados de años los que agradecemos recuperar el ritmo “ordinario” de vida. Los más jóvenes, los niños resistirían con gusto que las Navidades continuarán a lo largo del año. En el lenguaje eclesiástico “ordinario” tiene una acepción que se diferencia de “lo común, regular y que sucede habitualmente” (DRAE), y de la acepción a la que me he referido antes: ordinario es “el obispo” y también otros superiores en la vida religiosa; pero, sobre todo lleva ese calificativo el tiempo litúrgico que ocupa más días del año. No sé si es apropiado que la Liturgia, que dice referencia directa a la celebración, a algo, por tanto, con carácter excepcional, haya calificado con este término el más amplio tiempo litúrgico. Los tiempos no “ordinarios” son los “fuertes”, o, como ahora se llaman de manera más formal “los privilegiados”: Cuaresma, Pascua, Adviento, Navidad. En estos días, posteriores a la fiesta de la Epifanía y anteriores a la celebración del Bautismo del Señor, la Liturgia va haciendo un tránsito pausado –este año dura una semana- al tiempo ordinario: el verde, el color del tiempo ordinario, no aparece aún en los ornamentos. Ha quedado atrás la Epifanía, pero sin perderla de vista se avanza a esa segunda epifanía que tiene lugar cuando el bautismo de Jesús. Epifanía es manifestación de quién es el nacido en Belén. La realizan los ángeles, según san Lucas, los Magos, según san Mateo, Juan Bautista y la voz de lo Alto según todos los evangelistas. No son días octava de la Epifanía, como sucede con los siguientes a Navidad, sino “días después de la Epifanía”. Él tiempo ordinario se asoma, pero no se impone aún. Sucede esto cuando en la vida civil sí se han dejado atrás las “fiestas” y se está ya inmerso en lo cotidiano. Cotidiano que se presenta cuesta arriba, “la cuesta de enero”. La Liturgia que permite sentirse aún inmerso en lo privilegiado del tiempo vivido puede ayudarnos a subir esa cuesta.


Sobre el blog
El mercado, la prisa, el fluir…domina nuestras vidas. También la creación cultural y la verdad se encuentran afectados por la sucesión rápida, lo impactante…

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Sobre el autor
Juan José de León

Entre otras cosas es Director de la Escuela de Teología "Fray Bartolomé de las Casas" (Madrid). Acompaña espiritualmente comunidades religiosas a través de charlas y retiros...

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