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Desde lo hondo

El pueblo y su ambigüedad

25 de junio de 2016 0 comentarios

De lo que hoy se habla en ámbitos políticos es del “populismo”. El pueblo –demos- es el origen de la democracia. También de la demagogia. Platón advertía que la continuación de la demagogia en los procesos históricos cíclicos era la tiranía. Platón no era especialmente democrático, prefería la aristocracia, el gobierno de los mejores –aristoi-. En esto estaríamos de acuerdo muchos, pero quién señala a los “mejores”. Se lo hemos dejado al pueblo, de ahí la democracia. Si bien es cierto que los elegidos, en principio no son más que los más votados, no necesariamente “los mejores”. La opinión del pueblo sobre las personas no tiene certeza, es eso: opinión. En parte porque los mejores no necesariamente se presentan como candidatos. Esta limitación es una de tantas como el ser humano y la sociedad que conforma tiene. Hay que aceptarla. La opinión del pueblo sirve para que haya paz social. El pueblo ha estado bastante olvidado a lo largo de la historia. Incluso el pueblo de la democracia griega excluía a los no griegos residentes, a los esclavos, a los… La Ilustración quiso salvar al pueblo, -¡cuántos salvadores del pueblo han aparecido en la historia!-, pero fueron claros: “sin el pueblo”. De populismo nada. El pueblo entendido como clase proletaria sería el actor de la revolución comunista. Era un principio científico, y no estaba expuesto a la libertad individual; el ser humano ¿libre? solo era un elemento del pueblo. Foucault diría que el individuo era sólo un hilo del tejido social, sin identidad, por tanto. Siempre es necesario volver al “pueblo”. Es como un lugar teológico. ¡Hasta la Iglesia es el “pueblo de Dios”, tras el Vaticano II, volviendo a expresiones bíblicas, que sin embargo reducían el “pueblo de Dios” al pueblo judío. Lo complicado de este “lugar teológico”, que siempre hay que salvar, es la aplicación concreta: ¿cómo contar con el pueblo para salvar al pueblo? ¿Quiénes lo representan mejor? Y lo más angustioso: ¿el pueblo sabe lo que necesita o tiene que fiarse de quienes interpretan sus deseos?


Más sobre la comunicación

19 de junio de 2016 0 comentarios

Un término consagrado es la interactividad. La comunicación tiene que ser interactiva. Y se pone como ejemplo el juego. Lo que no deja de ser ejemplificador del nivel de la interactividad: lúdico. La respuesta ha de ser inmediata, como la reacción. No hay lugar para pensar, para reflexionar sobre lo que se dice. Y el silencio no es nunca respuesta. Y por lo tanto tampoco la reflexión. Es necesario tener respuesta a todo lo que se propone o pregunta. Además inmediata. Si no el “juego” interactivo se cae. No cabe decir “eso tengo que pensarlo” o, lo que es tan respetuoso, “lo que dices merece la pena considerarlo detenidamente”. Tao Te King dice: “los inteligentes no discuten. Los que discuten no son inteligentes”. Tiene el limitado alcance de las expresiones cortas y terminantes. Y es necesario distinguir entre la discusión y el diálogo. Ambos implican escuchar y entender lo escuchado para continuar el diálogo o la discusión. Y ello exige tiempo y esfuerzo reflexivo. Los tertulianos no pueden permitirse la pausa reflexiva. Hemos detenerlo en cuenta para valorar la tertulia. Pero si la interacción es un juego, o es un juego de ajedrez, con tiempo, aunque limitado, para pensar, o tiene la levedad del juego; no la elevemos de categoría ni la carguemos densidad. Un término consagrado es la interactividad. La comunicación tiene que ser interactiva. Y se pone como ejemplo el juego. Lo que no deja de ser ejemplificador del nivel de la interactividad: lúdico. La respuesta ha de ser inmediata, como la reacción. No hay lugar para pensar, para reflexionar sobre lo que se dice. Y el silencio no es nunca respuesta. Y por lo tanto tampoco la reflexión. Es necesario tener respuesta a todo lo que se propone o pregunta. Además inmediata. Si no el “juego” interactivo se cae. No cabe decir “eso tengo que pensarlo” o, lo que es tan respetuoso, “lo que dices merece la pena considerarlo detenidamente”. Tao Te King dice: “los inteligentes no discuten. Los que discuten no son inteligentes”. Tiene el limitado alcance de las expresiones cortas y terminantes. Y es necesario distinguir entre la discusión y el diálogo. Ambos implican escuchar y entender lo escuchado para continuar el diálogo o la discusión. Y ello exige tiempo y esfuerzo reflexivo. Los tertulianos no pueden permitirse la pausa reflexiva. Hemos detenerlo en cuenta para valorar la tertulia. Pero si la interacción es un juego, o es un juego de ajedrez, con tiempo, aunque limitado, para pensar, o tiene la levedad del juego; no la elevemos de categoría ni la carguemos densidad.


Intercomunicación ¿de qué'

4 de junio de 2016 0 comentarios

“Estamos siempre conectados, interactivos, sin silencios, sin reflexión, sin fermentación que consiga el vino. Ser es comunicarse, si no te comunicas no eres, y si no eres nada es porque no te comunicas”. Mounier decía que somos personas en cuanto somos relación y a partir de ella formamos comunión. Sin relación somos sólo individuo de la raza humana. ¿Será lo mismo lo que dijo Mounier que lo que se expresa en la afirmación previa? La comunicación del comienzo de este texto es comunicación de la apariencia, de la anécdota, de lo más superficial: la relación que hace persona es de lo íntimo, de lo que nos constituye en el ser. Ese ser que sólo se cultiva y desarrolla en el silencio previo. Es relación de persona a persona de sentimientos a sentimientos. La interconexión de nuestro mundo es de lo perceptible a los sentidos, sin necesidad de hondura, epidérmico: en definitiva de la imagen. Y la imagen tiene la última palabra. Si el político en unas elecciones no ha conseguido el éxito esperado, lo atribuye a que no han sabido comunicar bien. No da espacio a pensar si su proyecto político adolecía de algún fallo. La comunicación acaba siendo una realidad autónoma. Lo que se comunica no importa, sino cómo se comunica. La mujer del cesar ha de parecer buena, que lo sea o no es irrelevante. Dentro del ámbito de la gnoseología aristotélica, tan dependiente de los sentidos, pues “nada que llega al entendimiento sin pasar por los sentidos”, el proceso termina en el producto sensible, la imagen. El esfuerzo intelectual de reflexión, discernimiento, etc. en busca de la verdad más allá de la impresión sensible, verdad que rebase lo individual, lo concreto, la anécdota, no tiene aceptación fácil, ni se cree comúnmente necesario. Los clásicos definían al torpe intelectualmente como quien no era capaz de ideas universales, no iba más allá de lo singular. Pero la torpeza mayor es dar carácter universal a la primera impresión, clausurando el proceso de mayor información y de reflexión sobre lo percibido. Dicho todo esto, podía ahorrarlo, pues ello necesita tiempo y silencio, y lo que abunda es la prisa, la primicia, y la locuacidad en la densa intercomunicación existente.


Sobre el blog
El mercado, la prisa, el fluir…domina nuestras vidas. También la creación cultural y la verdad se encuentran afectados por la sucesión rápida, lo impactante…

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Sobre el autor
Juan José de León

Entre otras cosas es Director de la Escuela de Teología "Fray Bartolomé de las Casas" (Madrid). Acompaña espiritualmente comunidades religiosas a través de charlas y retiros...

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