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Desde lo hondo

La “preverdad”

31 de enero de 2017 1 comentarios

Este término no se emplea como sí el de la “posverdad”. Y ello es significativo. En el post anterior decía que la verdad tenía condición de ser algo final, el fin de todo proceso cognoscitivo. (Afinando sí podíamos decir que tras la verdad en el ámbito del conocer quedaría la contemplación). Precisamente porque tiene condición de fin exige un proceso previo a conseguirlo, que podíamos llamar la “preverdad”. Aristóteles resumía el proceso cognoscitivo en tres tiempos: la aprensión de la realidad que nos ofrecen los sentidos, el discernimiento racional sobre la relación entre las diversas informaciones y finalmente el juico, que establecía cómo eran esas relaciones. Y es en este momento cuando podemos hablar de verdad. Es un esquema elemental, expuesto a muchas precisiones, pero refleja con cierta precisión el proceso de conocer. La “preverdad”, pues, abarca la información previa que hemos de recabar y el razonamiento necesario para poder emitir un juicio. En nuestro mundo apresurado suele fallar la serena información y el razonamiento serio, objetivo, imparcial. Toda información ha de ser contrastada para que responda a la realidad, no se puede clausurar pronto y con prisas el proceso informativo, siempre puede quedar al margen información que necesitaríamos para poder afirmar o negar, juzgar. De la misma manera siempre se ha de dar tiempo al razonamiento, no es aconsejable llegar pronto a conclusiones, a juicios; se exige serenidad, imparcialidad, sinceridad para razonar bien, además de tiempo. Cuando no se realiza bien el proceso la verdad que afirmamos al juzgar carece de la “preverdad” necesaria para afirmarla. Lo que se entiende por posverdad es la negación de la preverdad, por inútil o porque consume demasiado tiempo y esfuerzo; que es en gran parte oscuro, sin apariencias y por ello se vende peor que la posverdad. Es la negación, y a la vez la consecuencia, despreocupación por la verdad por prescindir de una seria “preverdad”.


"Posverdad"

27 de enero de 2017 1 comentarios

El prestigioso Diccionario de Oxford señala como la palabra del año la de “posverdad”. Después de la verdad ¿qué puede existir? Lo lógico hasta ahora era pensar que lo último era la verdad, nada existe después de lo que tiene carácter de fin en los procesos cognoscitivos. Tras conocerla se podría tratar en cómo aplicarla, qué consecuencias se podrían sacar de la verdad, pero nunca ir más allá cognoscitivamente de la verdad. Pues no, ahora lo más contemporáneo –“in”- es la “posverdad”. Y, claro, hay que estar al día. O desde una perspectiva teológica hay que aceptarlo como “signo de los tiempos”. Y ya sabemos que para no pocos los signos de los tiempos no es un lugar teológico, sino que es el lugar teológico. (Se prescinden de que el Vaticano II cuando hace referencia a los signos de los tiempos, añade que han de ser interpretados a la luz del Evangelio). Lo de “posverdad” me suena lo mismo que pensamiento débil, fragmentado, o quedarse en el relato de los postmodernos. Suena como similar a los que pensadores clásicos de la modernidad llaman “ideología”, es decir: verdad que no depende de lo objetivo y real, sino de los intereses de personas o grupos sociales. A su vez viene a ser una canonización de la apariencia: por encima de lo real, está lo aparece. Es lo que se vende, no por su bondad –el paño bueno no se vende en el arca-, sino por efectos de la propaganda o publicidad. En el ámbito de lo político atribuyen el éxito del Trump o del Brexit a la generalización y triunfo de la “posverdad” sobre la verdad de los hechos y de los principios. En cualquier caso el término “posverdad” –que en mi ordenador todavía aparece subrayado con la línea roja oscilante- es expresión de un concepto que viene a sepultar en la vida social la búsqueda de lo verdadero, el lento y minucioso proceso de caminar hacia la verdad, para quedarse con el fruto de intereses manifiestos –esto es lo real de verdad- o las apariencias, de frutos políticos o económicos inmediatos, que es lo que “verdaderamente” interesa. De nuevo a la pregunta de Pilatos “¿qué es la verdad? habrá que responder con el silencio de Jesús, no se entendería que fuera algo distinto de lo que “interesa” política o económicamente de se califica como lo “correcto”. El cambio de concepto del término “correcto” es propio de la “posverdad”.


"Mundanizarse"

25 de enero de 2017 0 comentarios

La dialéctica entre estar en el mundo sin ser del mundo se encuentra ya en las enseñanzas de despedida de Jesús a sus discípulos según el Evangelio de Juan. El mundo ha tenido mala prensa, es uno de los enemigos del alma, nos decía el catecismo. Sin embargo el mundo, lo dice Juan, ha sido tan amado por Dios que le entregó su hijo. La Iglesia está al servicio del mundo sin ser del mundo. Más allá de esa dialéctica, mundanizarse es ajustarse a las exigencias del mundo, prohibido por Jesús a sus discípulos. Hoy sería aburguesarse, buscar lo que busca el mundo: el bienestar, el bien parecer, la comodidad, la seguridad económica, el deseo de la estima y consideración de la sociedad…y, un cuidado del cuerpo y del vestido, mundano. Existe una mundanización interior más preocupante, con una doble manifestación: La primera es acomodar nuestro pensar y nuestro hablar a lo posmoderno, o sea, a cerrar pronto los procesos de información y más los de la formación; a no ir más allá de la imagen y del impacto efímero y momentáneo que produce,, y no darse tiempo ni esfuerzo para que se consolide con la reflexión y la matización; o bien rebajar la verdad a la noticia; o la levedad y apresuramiento de los juicios, sobre todo negativos de los otros –“la gente”- ; o ¿pensar?, juzgar desde etiquetas, que evitan el análisis detenido y pausado. En una palabra frivolizar el pensar, el juicio y el discurso oral. La segunda es la necesidad de vivir como triunfadores aplaudidos, frente al caminar en verdad, que diría la santa de Ávila, que es la humildad. Verdad y humildad implica vivir a contracorriente, ser antisistema, no ser del mundo. Y no olvidemos otras dimensiones de la mundanidad que el Papa expone en Evangelii Gaudium como tentación permanente. Una mundanidad espiritual que alude a una vida espiritual centrada en manifestaciones cultuales que se quedan en lo más aparente y a veces legal con olvido del evangelio, que utiliza lo religioso para sentirse mejor que los demás. Es religiosidad que el papa califica de “gnóstica”, de iniciado, de élite. Refiriéndose al ámbito de la misión, mundanidad propia del agente de pastoral es sentirse satisfecho por lo bien que lo hace, como si la labor pastoral se debiera sólo a él –“pelagianismo”, lo califica el Papa-. O bien la “mundanidad” del “habriaqueísmo”, es decir, la actitud del que formula grandes proyectos, suele quedarse en formularlos, y no acomete la labor sencilla y silenciosa de cada día.


Un peligro: la autolimitación de la razón

17 de enero de 2017 1 comentarios

Es triste la autolimitación de la razón: que los seres humanos no permitamos despegar la razón más allá de lo que el conocimiento científico permite. Es una autolimitación de la razón que se fundamenta en el éxito de la ciencia (Ratzinger, Fe y razón, pg. 145). Tan evidentes son los éxitos que la ciencia, tantos beneficios –también algunas calamidades- ha aportado a la al existir humano, que ¿para qué ir más allá de ese modo de conocer? Las preguntas que la ciencia no pueda responder porque desbordan su capacidad de conocer, no son científicas, son inútiles, o un simple juego de palabras, un entretenimiento baladí. Dicho de otra manera: no hay lugar para reflexión propia de la filosofía. Incluida una parte de ella, la ética. Las acciones, se entiende, son buenas o malas de acuerdo con los resultados valorables empíricamente, de acuerdo con el bienestar social. Pero la realidad, también la empírica, se desdice. El ser humano que busca ser feliz necesita más que bienestar, necesita bienser, y esto exige encontrar sentido –expresión nada científica- a su existir. Quiere interpretaciones holísticas de él y del mundo en que vive, que la ciencia, siempre sectorial, no puede ofrecerle. Cierto, que no se asegura que se encontrará la respuesta con la evidencia de lo científico, pero constatará algo esencial a su ser: el misterio. Esa honda realidad que nunca se capta, pero en la que gusta sumergirse. Ocupación que entusiasma porque es propia de nuestra singularidad humana, de lo específico de ella. Si además la persona humana se deja captar por alguien que le conduce en ahondar en el misterio de su ser, y en lo que puede y debe hacer con su ser, en lo que le queda esperar, andará con más seguridad. Nunca total. Pero sí intuirá luz más o menos difusa, más o menos precisa al final del camino. En cualquier caso no es la evidencia científica lo único que el ser humano busca; también la experimentada, sin posibilidad de expresarla en fórmulas matemáticas, pero cargada de vitalidad, de esencia humana. Triste es renunciar a esa búsqueda a esas experiencias y auto reducir nuestra condición pensante y sintiente.


Sabios y profetas

13 de enero de 2017 0 comentarios

El profetismo tiene amplia acogida en nuestro mundo religioso. Gusta situarse de la parte del profeta. Otra cosa es seguirle. Tranquiliza la conciencia. Permite verse como abierto al futuro, con visión distinta de la imperante, con un mayor protagonismo que el que implica ajustarse a lo establecido; incluso como “rompedor” de lo anquilosado. En fin, viéndose “profeta”se mira uno a sí mismo con satisfacción: no es como el resto de los humanos. Desconfío del profetismo sin sabiduría. En la historia de la salvación se da un paso del profeta al sabio expresado en el paso de los libros proféticos a los sapienciales en la Biblia (Cf. Ratzinger “Fe y ciencia” Ed. Sal Terrae, pg.139 y sgs.). La sabiduría es la racionalidad buscando la verdad desde la serenidad, la soledad,quizás, y sin prisas. Esa verdad que se oculta en lo hondo de lo real y que es necesario sacar a la luz (mayéutica socrática), buscando las causas iniciales, últimas en la búsqueda (Filosofía aristotélica). En la sabiduría está la base de lo profético. Profeta no es el adivino del futuro sino quien ahonda en el presente, supera lo epidérmico y puede entrever cómo caminar hacia la verdad y el bien desde la comprensión de lo que hay y somos. Nota adicional: La vida consagrada es profecía, en la medida que incita a ahondar en la verdad del ser humano y la sociedad que ha de conformar; en la medida que apuesta por la sabiduría. En concreto, en centrarse más en el ser que en el tener (pobreza); en el amor por encima de todo (castidad); en la libertad como compromiso comunitario (obediencia); todo desde la perspectiva de quien nos trasciende, pero se ha comprometido con nuestra historia humana. (Cf. Javier Carballo, Revista “Confer”, nº 212, pgs.445 y sgs.).


Dos cabalgatas

5 de enero de 2017 0 comentarios

Las dos con origen cristiano. La de los Carnavales, cuyo origen es el comienzo de la cuaresma y sus penitencias, carnes tollendas, y la de Reyes, que recuerdan a los magos que, según el evangelio de san Mateo ofrecieron oro incienso y mirra al Jesús Niño. Las dos han evolucionado hacia el olvido de sus orígenes. La de carnaval con reproches de autoridades eclesiásticas, que denunciaron su carácter “pagano”. La de los Reyes está comenzando a seguir los mismos pasos en algunos lugares. Pero son distintas: la de los Reyes siembran ilusión, a veces la ilusión de los ilusos, otras la ilusión de los esperanzados. Ésta tiene unos destinatarios precisos, los niños, aquella es más cosa de adultos, aunque en género chico alcanza también a los niños. Los distintos destinatarios exigen un tratamiento distinto: es necesario considerar qué es lo que hace crecer ilusión-esperanza en los niños. Algo delicado. La de Reyes es la cabalgata del regalo, del don: ¿qué se ofrece a los niños? El juguete es la expresión de momentos de felicidad, los que ofrece el juego. No tener juguetes, sino jugar con ellos. Es cabalgata para sorprender con la belleza, el esplendor, presididos por figuras entrañables, los “Reyes magos”, con sus pajes, de los que sólo se espera algo bueno: acogedores, cariñosos, dispuestos a dar alegría a los niños. Sólo si nos hace niños, nos introduce en la piel de niño, con ojos de niño, deseos de niños, ilusiones de niño, tiene sentido la cabalgata. Ofrecer lo que no es propio del niño como reivindicaciones políticas, sociales, ideológicas es contaminar la cabalgata. No lo es la referencia religiosa, los Magos ofrecieron regalos a Jesús, quien dijo que teníamos que hacernos como niños. El Niño Jesús es quien ha dado sentido a las fiestas que viene a cerrarse con el día de Reyes.



Sobre el blog
El mercado, la prisa, el fluir…domina nuestras vidas. También la creación cultural y la verdad se encuentran afectados por la sucesión rápida, lo impactante…

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Sobre el autor
Juan José de León

Entre otras cosas es Director de la Escuela de Teología "Fray Bartolomé de las Casas" (Madrid). Acompaña espiritualmente comunidades religiosas a través de charlas y retiros...

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