22 de noviembre de 2011
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Son días de veinticuatro horas, pero los decimos “cortos” porque la mayor parte de esas horas pasan en oscuridad. En el Oficio de las Horas encontramos un himno que nos ilustra con cadencia poética cuántos relevantes acontecimientos se han producido durante la noche. Sin embargo somos seres de luz. Nos ingeniamos para superar la tiniebla creando luz. La oscuridad la dejamos para el sueño. Para cuando nos transponemos y pasamos a abrirnos a otro mundo, el de los sueños. Estos cortos días del fin del otoño, en nuestro hemisferio norte, se hacen largos. Cuesta llenar las horas que dedicábamos a realizar lo que exige la luz del día. En concreto, se acorta el tiempo del contacto con la Naturaleza, con la evasión al aire libre. La noche que se precipita estos días nos encierra. La noche es siempre un desafío a seguir viviendo sin el tacto agradable de la luz, del aire, sin la perspectiva de árboles, ríos, pájaros… Obliga a encontrarse con uno mismo: con lo que surge de uno más que con lo que se nos ofrece desde afuera. Por eso la noche es reto a vivir lo hondo de nosotros. A descubrir que en esa hondura existe tanta vida, tanta luz, tanto aire, como en el ámbito luminoso del día. Son días de muchas horas, que brindan ocasión a descubrir, en la oscuridad ambiente, la luz que brota de nuestro interior, que nos define y conduce.
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