20 de febrero de 2012
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El carnaval surgió como un contrapunto que prologaba la cuaresma, a base de vivir lo contrario de lo que ella es. La contradicción se cifra en que el carnaval es el tiempo de la farsa y la mentira, de la máscara que engaña: simula lo que no es y disimula lo que es. La Cuaresma es afirmación de lo auténtico, de lo verdadero. El evangelio del Miércoles de Ceniza nos previene de no hacer una farsa de las buenas acciones definitorias de este tiempo: la oración, el ayuno y la limosna. Que los hechos, buenos, no escondan nuestro interior no tan bueno.
La verdad de la cuaresma conlleva que ella es solo camino, no meta. La meta, no es la austeridad, la renuncia, la oración penitencial, ni la limosna. La meta es la celebración de la Pascua de la plenitud de ser definitiva de Cristo; es la entusiasmada oración de acción de gracias por ese triunfo de Cristo; es el intento de una humanidad donde no sea necesaria la limosna, al menos referida a bienes materiales. La verdad, deseada, buscada es la Resurrección, nuestra resurrección. Entendida como vivir los valores de arriba, los superiores, que superan la muerte, de los que Pablo habla a los Colosenses y nos recuerda la liturgia pascual. Valores de arriba que se han de buscar aquí abajo. Ellos nos hacen ser lo que hemos de ser: el valor del amor, de la verdad, de la experiencia de Dios. Impregnar nuestra vida de esos valores, siempre en la limitación propia de nuestro ser, estimulados por el triunfo de Cristo, conseguido por vivirlos en plenitud, es el fin de la Cuaresma.
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