7 de noviembre de 2011
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Elegir es siempre un acto de libertad. No el único, por cierto. También lo es obedecer. En este momento, cuando escribo esto casi todos los medios de comunicación están retransmitiendo el debate entre los dos candidatos de los partidos mayoritarios ante las próximas elecciones en España. Hemos recibido precisa información de los preparativos. Se ha cuidado minuciosamente todo. Todo se ha acordado: quién llegará primero al estudio, cómo sentarse, qué temas se van a tratar, qué iluminación; han conseguido que un cronometrador de baloncesto controle que cada candidato se ajuste al tiempo que se le concede. Se ha buscado un gran espacio público. Pagándolo, claro…. Todo para debatir. Ambos candidatos han hecho públicos sus programas de gobierno. ¿Cuántos de los que ven o escuchan el debate lo han leído? ¿Qué pedagogía han utilizado para hacer comprender a los votantes qué quieren hacer con ellos cuando accedan al gobierno? La de la imagen. La de su propia imagen. Y junto a ella su destreza para salir victoriosos en la confrontación dialéctica. Lo más importante no es lo que vayan a hacer sino la dialéctica con lo que lo prometan. Voy a votar a….., “porque habla muy bien”, “me gusta cómo habla”, se dice. “Me cae bien”, “parece inteligente y buena persona”. Todo por su manera de debatir. Es algo viejo en la política. Recordemos a los sofistas griegos. Cultivaban una retórica unida a la oratoria que les permitía pasar de defender una propuesta de gobierno a la contraria. Manejar bien la palabra lleva a eso. Y si además, como ahora se hace, se cuida la imagen hasta el mínimo detalle, para qué preocuparse del contenido.
¿Qué se elige? La elección, decíamos, es un ejercicio de libertad; preciso: cuando se conoce lo que se elige y a quién se elige. De lo contrario es prescindir de la verdad y elegir la apariencia. Y sólo la verdad nos hace libres, especialmente en la elección.
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