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Desde lo hondo

El regalo

5 de enero de 2021 1 comentarios

Puede venir de papa Noel, de los Reyes Magos, o de ambos. Y no es cosa de niños. Aunque sí sea asunto de niños los personajes a quien se les aplica ser los autores del regalo. El regalo es una gracia que se nos hace. La fe cristiana se construye sobre la gracia, sobre el regalo. Regalo de la vida, regalo de quienes nos acompañan en el vivir, regalo de quien nos promete superar las mismas dificultades, fragilidades y en definitiva lo efímero del vivir. El autor del regalo en este caso es Dios. Cuyo mayor regalo fue él mismo haciéndose presente en nuestra historia en Jesús de Nazaret, como celebramos estos días. El regalo está en el origen, el desarrollo y el fin de nuestra existencia. Vivimos de regalo. Por ello hemos de vivir regalando. Vivimos de regalo, pero de un regalo en que además de Dios han intervenido de manera decisiva, quienes nos engendraron, cuidaron y permitieron desarrollar nuestra vida. Sobre todo, lo más definitorio de nuestra condición humana, como es la verdad de lo que somos y el amor, sobre todo. Somos un regalo y vivimos de regalo. Estamos sujetos a la dinámica consecuente: en la reciprocidad de que vivir es regalar. Nuestra vida tiene sentido en la medida de que es un regalo. El regalo sobre todo, de lo más valioso que nos constituye, la verdad y el amor. Vivir es iluminar la vida de los demás y amarles. San Juan lo dice, sin amor estaríamos muertos. Sin amor llevaríamos a la muerte a otros. Es la consecuencia inmediata de vivir en la verdad, que nos han regalado y que hemos de regalar.


¿Podemos decir algo de la familia quienes no nos hemos comprometido en formar una?

26 de diciembre de 2020 0 comentarios

¿De qué hablamos cuando los que por vocación no nos hemos casado de las relaciones conyugales, del cuidado, educación de los hijos? Más de una vez se nos reprocha que hablemos tanto de lo que no tenemos experiencia. El argumento tiene su peso; pero no es definitivo. El médico no necesita contraer la enfermedad para decir lo que tiene que hacer el enfermo. Ni el educador tiene que pasar o haber pasado por las diversas experiencias de vida, de convivencia o falta de ella, para ejercer su profesión o vocación. Pero sí obliga a ser humildes cuando nos atrevemos a señalar cómo actuar ante situaciones que no hemos vivido. Ahora bien nada puede objetar, que, como producto de su formación, se ofrezcan las líneas generales que han de generar, regir, perfeccionar un modo de vivir en familia. Por ejemplo, cómo se funda el matrimonio sobre el amor conyugal, cómo ha de ser este amor el que se genera la decisión de que aparezcan los hijos, cómo ha de ser ese amor el que conduzca el proceso educativo... etc. Del amor conyugal ha de derivar el filial. Y es también la escuela de todo amor: no solo en el ámbito familiar, sino también en el social. Incluso es escuela del amor a Dios. La aplicación de este principio a situaciones diversas, puede superar la capacidad de quien no tiene experiencia directa de ellas. Serán siempre los protagonistas de la situación los que han de saber conducirlas. Que no evita, sino que puede exigir, contar con ayudas externas, que favorezcan el análisis más realista de la situación, y ayude a recordar la necesidad de que el factor constitutivo de la familia, el amor, sea referencia para saber vivir esas situaciones.


¿Triste Navidad?

13 de diciembre de 2020 0 comentarios

Es triste que se teman los días de Navidad. Que dé miedo esa celebración. Celebración esencialmente religiosa; pero también familiar. Algo tan necesario. Que la sociedad se quiera unir a esa celebración, con el adorno de ciudades y pueblos, con reuniones sociales, las comidas de Navidad de empresas, instituciones… etc, ello sirve también para subrayar que son días distintos, impregnados de buenas relaciones humanas. Si además unimos que son días volcados sobre la felicidad de los niños, aumenta el motivo no para temer la Navidad, sino para desearla y disfrutarla. ¿Hay posibilidad de que, con las restricciones, sociales, sobre todo, e incluso en las celebraciones religiosas, se pueda desear la Navidad y disfrutar de ella? Por supuesto que sí. Cuanto más se ahonde en lo que implica que Dios asuma condición de hombre, con lo que supone de cambio en la visión de Dios y del ser humano, de modo más hondo deseamos celebrarlas. Y eso no hay pandemia que lo evite. Sin olvidar lo que tiene la Navidad de celebración familiar y social. Es necesario que, de alguna manera distinta de las concentraciones de personas, contraindicadas en este tiempo de pandemia, se celebre lo que significa la familia, se viva el afecto mutuo, que es lo que la constituye. Es necesario que socialmente nos veamos más cercanos unos de otros. Y más sensibles a los que, por diversas razones, de pobreza, enfermedad, soledad…, necesitan ver humanidad -la de Dios en la Navidad- en quienes comparten su existencia. Si se tiene imaginación y deseos de disfrutar y hacer disfrutar la Navidad, se puede conseguir una auténtica y feliz fiesta. Y quizás de un modo más puro, sencillo y auténtico, que el que ofrecen las grandes manifestaciones sociales.


¿SÓLO DE LA MUERTE?

4 de diciembre de 2020 0 comentarios

En el post previo a éste confesaba la fe en Cristo que nos salva de la muerte, de la imposición de la naturaleza contra la que choca nuestra libertad y deseo de vivir. Ahora me pregunto ¿nos salva solo de la muerte o también de un modo de vida? El proyecto de Cristo es el de un nuevo ser humano, una nueva humanidad, como nos dirá alguien que interpretó tan bien el ser, la vida y la muerte de Jesús de Nazaret, así como su resurrección, san Pablo. Es decir: Jesús quiere salvarnos de una vida que no sea humana. Una vida humana sin amor, cerrado en el individuo, que no mira más allá de conseguir placer, dinero, poder. Jesús nos salva con su palabra de una humanidad enfrentada, o en la que se impone la indiferencia ante el otro, una humanidad en la que el otro no cuenta. Nos salva de un tipo de ser humano que desconoce el amor, o lo pone en segundo plano o lo instrumentaliza. Nos libera de ser esclavos de la evidencia sensible y no tener mirada para lo que la trasciende. Nos libera de un ser humano sin Dios, o que se proclama a sí mismo Dios. Jesús de Nazaret nos libera de una concepción miserable, del ser humano, que prescinde de la dignidad de todo ser humano, sea hombre mujer, pecador o “justo”, rico o pobre, de una raza, religión u otra. Y proclama la dignidad ser humano. Dignidad que tiene como fundamento supremo de su ser, que el mismo Dios asumió la condición humana. Y que universaliza ser todos hijos de Dios, amados por Él. Nos ofrece un ser humano que, en la historia, vive de acuerdo con valores, que adquirirán su dimensión máxima después del tiempo: el amor, más fuerte que la muerte, la búsqueda de la verdad, que encontrará su objetivo tras la muerte, la búsqueda de quien nos trasciende y explica nuestra vida, Dios, que ahora vemos como en imagen, en la niebla del misterio y luego cara a cara. La salvación de Cristo se manifiesta no solo en la victoria sobre la muerte, sino en el modo de vivir humanamente. Pretende salvar al ser humano de aquello que rebaja su dignidad; y construir nuestra historia en libertad. La nuestra y la de los demás. Y haciendo que es libertad nos liebre de verdad de aquello que atenta contra nuestra condición humana. Eso sí, sin imponer su salvación. Pero ofreciendo su ayuda.


CRISTO, NUESTRA SALVACIÓN

2 de diciembre de 2020 0 comentarios

El ser humano es historia. Es historia en cuanto es libre. Es historia en cuanto no está ineludiblemente sometido a la realidad. Y puede construir su futuro. Y se hace preguntas, de no fácil, respuesta sobre la realidad. Y va humanizándola, es decir, va logrando que se incorpore a su propia historia. Es mayor que ella, recuerda Kasper en su libro “Jesús, el Cristo” al hablar de la salvación, como fin de la fe de Cristo en la historia. Pero a la vez, la realidad es mayor que el ser humano. Le antecede y el hombre se encuentra con ella haciéndose preguntas sobre por qué existe y por qué existe como existe. El ser humano se encuentra con el misterio del origen, fin, razón de ser de aquello en lo que ha de hacer su vida. La realidad es mayor. El Covid 19, cuyo origen, esencia, modo de librase de él encuentra tantas dificultades se ha llevado por delante tantas vidas humanas, y en general trastorna nuestra historia, es un ejemplo. Pero en algún momento será conocido, y superado. La realidad es con toda evidencia superior al ser humano con el hecho de la muerte. La naturaleza, la realidad se acaba imponiendo. Entonces surge la pregunta. ¿Esa derrota humana es insuperable? ¿Todo termina con la muerte? Termina la historia. Pero ¿no hay nada más allá de la historia? El ser humano ¿es solo historia? ¿Cómo aceptar esto cuando el ser humano alienta en lo hondo de su ser superar esa limitación y mira a lo absoluto, a lo que no es temporal ni histórico? ¿Hay salvación ante la fuerza y el poder de la naturaleza? La fe cristiana confiesa que Cristo es nuestra salvación, él consigue la victoria de nuestra condición humana, con su dimensión de naturaleza, sobre la naturaleza misma, sobre el tiempo. Genera tras la muerte un nuevo modo de ser humano sin las limitaciones de la naturaleza, ni la relatividad de la historia, del tiempo. Ahora bien, esto es una afirmación de fe. Es un acto de confianza en un Salvador, Jesús, que tiene poder para vencer la muerte como él la venció. Es una realidad misteriosa, no podemos comprenderla ni justificarla solo con la razón. Pero sí podemos confiar en quien nos lo ha revelado, y conseguido: nuestro Dios, que, por amor al mundo, nos envió a su hijo. Jesús, el Cristo asumió nuestra naturaleza, en nuestro mundo, en nuestra historia, asumió nuestra muerte. La asumió, la sufrió y la superó, la venció con su resurrección. Su victoria es la nuestra. Nos trajo la salvación de las imposiciones de la naturaleza.


Esto es la guerra

25 de noviembre de 2020 0 comentarios

Esto es la guerra dicen los viejos, que alguna experiencia les queda, remota, de la última por la que pasaron. Y sin embargo es lo contrario de la guerra: en este caso todos estamos unidos para vencer el COVID 19. Es el único enemigo. Es lo contrario de la guerra que consiste en que unos maten a otros. Ahora se lucha por que el virus no nos llegue, es luchar por que no llegue a los demás. Estamos en el mismo lado del campo de batalla. Esto es la guerra por la situación de miedo, de incertidumbre que se sufre cuando sabes que hay un enemigo que puede llevarte la salud y la vida. Es como la guerra, porque nos separa a unos de otros. De modo que lo mejor para luchar contra el enemigo común es evitar al otro. Como si el otro fuera el enemigo. Es guerra, porque la prevención para que no llegue a nosotros el virus implica austeridad en el estilo de vida, privarse de un vivir de espectáculo, de celebraciones, de viajes,…como se vive en tiempo de guerra. Y lo peor es que el enemigo no se dejará ver con la bandera blanca de la paz. Lo suyo es derrotar, conquistar nuestra salud, acabar con nuestras vidas. No cabe diálogo para entenderse y firmar el cese de enfrentamientos. De las últimas guerras se esperaba que se produjera un saber convivir mejor los diversos pueblos. Un cambio hacia el bien en la convivencia humana. Un mundo mejor. No ha sido así. También decimos que de esta pandemia podemos, debemos salir, dando más relieve a lo esencial de la vida, a sentirnos más solidarios, aunque sea porque hemos experimentado que el mal de uno es mal para todos. A tomar conciencia que no dominamos la naturaleza, que es más fuerte que nosotros. A ser humildes a pesar de cómo a lo largo de la historia el ser humano ha, en parte, domesticado las fuerzas naturales a su favor. ¿Será así? En fin, la pandemia nos debe permitir estar más dispuestos a sentir que algo, alguien nos trasciende, que está más allá de la naturaleza, de nuestras posibilidades; y que no podemos olvidarlo, sino contar con él en nuestra vida. Dios no es el autor del COVID 19, sino una referencia que nos ha de ayudar a mantener la esperanza en la lucha contra el enemigo común. Una esperanza que en nosotros se ha de manifestar como solidaridad, y en grito: ¡VENCEREMOS! Y en amar más la vida y hacerla más humana.


Escalada. Desescalada

24 de noviembre de 2020 0 comentarios

Son las palabras empleadas para indicar las medidas que se van tomando para contener el COVID-19. Palabras que significan esfuerzo por subir y cómo luego bajar, sin dejarse solo arrastrar por la fuerza de la gravedad, a la que se fue venciendo, contando con ella, en la escalada. Es evidente que esos términos no se usan en su semántica literal en la aplicación a los procedimientos para superar el contagio, y prevenirnos de él. El problema surge cuando la economía, en especial la de los más dependientes de sus pequeños negocios, lleva un ritmo inversamente proporcional al de la prevención del coronavirus. ¿Quién acierta cuando se toman decisiones?. “Habiendo salud que ye lo principal”, se repite ante la frustración de no verse agraciado por la lotería de Navidad. Es la frase que, de repetida, podemos decir que ese día del sorteo es el “día de la salud”. Pue si es lo principal, ¿hay que olivarse de la economía en la situación de grave amenaza de la salud? Sabemos que la vida no está exenta de riesgo, vivir es asumir riesgos. ¿Cuántos riesgos se corren en el trabajo, por ejemplo, en los hospitales, en los desplazamientos de vehículos, en el deporte extremo… O simplemente en tener hijos, en el amor…? Como siempre, es necesario saber compaginar el riesgo y el beneficio. Las autoridades no lo tienen fácil. Como no lo tenemos cada uno en nuestros asuntos individuales. Ante todo, hay que ser comprensivos con sus tomas de decisiones. Decisores que se refieren a un fenómeno del que se conoce su peligro, pero no bien cómo medirlo -pruebas de Covid-, cuál es su composición íntima, lo que más facilita su propagación…, a pesar del gran esfuerzo de científicos de laboratorio y de médicos, de sanitarios en contacto con enfermos. Lo que no podemos es creer que sabemos más que los que están en el empeño de hacernos salir de esta situación: científicos, médicos, responsables de la administración de los centros de salud y de la vida social, en general. No sabemos más que ellos. Escalemos y desescalemos cuando y como nos lo indican nos lo indican


Crimen y libertad de opinión, de prensa, de cátedra

20 de octubre de 2020 0 comentarios

¡Quien no ha quedado sobrecogido al enterarse de que un profesor ha sido degollado por mostrar unas caricaturas de Mahoma para mostrar un ejemplo de la libertad de expresión! Es una auténtica barbaridad. Y además realizada en nombre de la religión. El hecho ha derivado a centrarse en la necesidad de defender la libertad de expresión en diversos ámbitos, a través de diversos medios. Entiendo que se produce con ello una desviación que no permite ir al núcleo de lo perverso del hecho. Si alumnos musulmanes presentes en el aula, al ver que aparecían unas caricaturas de Mahoma, como ejemplo de libertad de expresión, hubieran elevado una protesta a la dirección del colegio, o hubieran en algún medio expuesto su molestia, en virtud de esa libertad de expresión no produciría una reacción, como la que produce el crimen. En el proceso para aclarar el crimen se están encausando a personas que instaron en alguna red social a la respuesta criminal, a lo que considera un insulto o ataque a sus sentimientos religiosos. No se les concede el derecho a la libertad de expresión. La libertad de expresión no es un derecho absoluto, que permita publicar lo que cualquiera desee. Está limitada, por ejemplo, para publicar lo que atente contra la “protección de datos”, que ahora, con razón, tanto se cuida. Como no permite la calumnia: decir algo falso para desacreditar a alguien; o instar a la violencia, al odio y a sus diversas manifestaciones. El mal está en el fanatismo violento, que lleva a degollar al que opina en contra de sus sentimientos o convicciones. En concreto, el fanatismo que es una patología de la religión. Un atentado contra la misma religión, como han manifestado los líderes musulmanes franceses. Entiendo que es en él en el que es necesario centrarse al condenar el crimen.


Política y veracidad

17 de octubre de 2020 0 comentarios

“Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política nunca se han llevado demasiado bien, y nadie, por lo que yo sé, puso nunca la veracidad entre las virtudes políticas. Siempre se vio a la mentira como una herramienta necesaria y justificable no solo para la actividad de los políticos y los demagogos, sino también para el hombre del Estado”. Esto lo ha escrito Hannah Arendt. Apoyados en que utilice términos absolutos, “nadie”, “jamás”, “nunca”, si bien matizado a veces por “por lo que yo sé”, se puede considerar afirmación exagerada. Pero aun así las afirmaciones son contundentes. ¡Cuántas veces hemos oído a los políticos en campaña electoral prometer que él no engañará, que será veraz, a la vez que tachaba de mentiroso a su contrincante! De mentirosos se tachan con descaro los políticos en los enfrentamientos parlamentarios, sin que se sientan calumniados y amenacen con los tribunales. ¿Pertenecerá entonces la mentira al juego político? ¿Será que Maquivelo, que sí defendió la mentira como arma del político, fue el único veraz? Si es así ¿qué hacer? ¿Tenemos medios para discernir cuando son veraces y cuando mentirosos quienes nos gobiernan? ¿O hemos de renunciar a conocer la verdad; ¿y no exigir a quienes hemos elegido que no nos engañen, pues el engaño pertenece a la acción política?


LOTERÍA DE NAVIDAD Y PANDEMIA

15 de octubre de 2020 0 comentarios

El día de la lotería de Navidad es el día de la salud. Aquellos, la gran mayoría, que no han sido agraciados, suelen consolarse diciendo: “habiendo salud que es lo que importa…”. La encuesta última del CIS nos dice que antes de la economía, del paro, de la política…lo que preocupa en estos tiempos es la salud. Una salud que pervive amenazada, por un virus, que no da la cara, y sí se dejar ver en sus efectos. Del que se desconoce lo que es, cómo se origina, cómo se le cierran los caminos; y, cuando llega, como habría que expulsarlo. Esfuerzos, muchos esfuerzos se están realizando en el mundo de la ciencia para poder acabar con él, o, al menos, impedir que llegue hasta nosotros. Es difícil que palabras instando a que tengamos paciencia, que se superará, se le vencerá calen en nosotros. Ahí están los datos en el mundo, en nuestra sociedad, que gritan que esperar es perder vidas. Por no hablar de las consecuencias sociales, económicas, que ya están generando miseria. “Habiendo salud que es lo que importa”, sí; pero también importa, y mucho, el modo de vivir, quizás de subsistir. Lo que importa es saber asumir la situación, y saber convivir con ella. Convivir con la amenaza; convivir con las precauciones que hay que tomar, convivir con el dolor cuando ha llegado la enfermedad o la muerte a alguien querido, o con el dolor de tantos como están sufriendo la pandemia, con los allegados que la sufren y han sido vencidos por ella. Para convivir con esas duras situaciones hemos de ahondar en lo que es vivir. Vivir no es un lineal discurrir del tiempo, sino contar con alteraciones de ese discurrir recto. Decía Job, probado por el dolor, por la muerte de allegados, por la pérdida de sus bienes y de su salud: “milicia es la vida del hombre sobre la tierra”. Vivir es luchar. Y a veces perder. Terminaremos perdiendo, si la vida es solo para nosotros un tiempo. Pero si la vida, transformada, supera el tiempo, vivir es forjar la persona que vivirá para siempre. Una gracia, mayor que ser “agraciados” por el “gordo” de Navidad.


Sobre el blog
El mercado, la prisa, el fluir…domina nuestras vidas. También la creación cultural y la verdad se encuentran afectados por la sucesión rápida, lo impactante…

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Sobre el autor
Juan José de León

Entre otras cosas es Director de la Escuela de Teología "Fray Bartolomé de las Casas" (Madrid). Acompaña espiritualmente comunidades religiosas a través de charlas y retiros...

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